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Una Olympus Pen EE-3, una cámara compacta con resultados casi profesionales (Fuente: Wikimedia Commons).

Hace bastante tiempo que no actualizo esta bitácora por andar con otro proyecto entre manos que me costará unos cuantos años de trabajo, pero de ningún modo declaro abandonada esta casa.

Hoy voy a hacerle un pequeño homenaje a mi padre, quien tuvo cuatro grandes aficiones: ver crecer a sus hijos, el maquetismo, coleccionar sellos de pintura y la fotografía. Gracias a esta última, hoy tenemos en casa un enorme archivo de aquellos años que ocupan el tema central de este blog.

Al contrario que en nuestros tiempos, la fotografía era por aquellos últimos años de centuria un arte menos pródigo en cantidades y mucho más incierto en cuanto a los resultados, ya que al menor número de disparos por carrete había que sumarle la incógnita de que el rollo no hubiera sufrido ningún desastre irreparable como un mal rebobinado, un velado por exposición accidental a la luz o simplemente una foto mal tomada. Nada de esto era verificable hasta que, al cabo de unos días tras la entrega del carrete, el laboratorio fotográfico nos devolvía el resultado, ya fuera en forma de un sobre conteniendo el ansiado material revelado junto con los negativos o una nota que venía, en resumidas cuentas, a decirnos que, sintiéndolo mucho, nos habíamos quedado con la miel en los labios.

No recuerdo exactamente los modelos de cámara que utilizó mi padre en aquellos años –a lo sumo, dos o tres, entre los que destacaba una Canon– pero sí que conservo en la memoria dos aparatos que utilicé para iniciarme de manera algo más seria en el arte del ojo mecánico, aparte de otros desechables, probablemente de las empresas Kodak y Agfa.

La más destacada de estas cámaras fue la por entonces famosa Agfamatic Pocket, un cacharro digno de una película de espías y que se vendió como rosquillas a finales de los setenta.

Un ejemplar de Agfamatic Pocket, de Agfa (fuente: Wikimedia Commons).

El inconfundible clac-clac de recarga se convirtió en la seña de identidad de este artilugio alemán. Se le podía acoplar un flash desechable, tipo cubo rotatorio, de cuatro disparos en el orificio superior.

Pero la cámara que me introdujo en la fotografía de calidad fue la Olympus Pen EE-3, una compacta que, como todas las de esa serie, tenía una particularidad muy curiosa y era la de duplicar el número de disparos por carrete gracias a su utilización de medio cuadro de exposición. Es decir, de un carrete de 24 fotos –el estándar por aquella época– se podían tirar 48. Aparte, la calidad de imagen del objetivo era excelente para un cacharro de bajo coste como este, lo que hizo que en años posteriores y hasta la fecha me haya decantado siempre por esta marca japonesa.

A continuación, les dejo una muestra de distintos sobres, pertenecientes al archivo familiar, en cuyo interior entregaban los laboratorios fotográficos a los clientes las fotografías reveladas y los negativos correspondientes –iré subiendo algunas más conforme vaya escaneándolas–. Comprobarán que algunas de estas empresas ya pertenecen a la historia de la fotografía. Que las disfruten.

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