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Fuente de la Madrelagua, en Gran Canaria (fuente: FEDAC).

Frente al uso no destructivo y sostenible de los acuíferos por parte de las antiguas sociedades aborígenes canarias –recuérdese el mítico árbol Garoé de la isla de El Hierro–, la reducción en el número de las madres del agua –nacientes o manantiales, pero qué preciosidad es el ancestral nombre canario: parir agua es parir vida– existentes en las islas Canarias ha sido proporcional a la progresiva deforestación de las mismas desde los tiempos de la conquista europea, debido al uso industrial de la madera –construcción de barcos, trabajos de carpintería, aprovechamiento térmico, etc.– y a la canalización de los barrancos para el uso agrícola del líquido elemento.

El mar de nubes, empujado por los vientos alisios, es indispensable para la regeneración de los acuíferos canarios (fuente: Wikipedia).

La excavación de pozos y galerías, y la construcción de presas, maretas, cantoneras y demás métodos para la contención y distribución del agua, ha tratado históricamente de compensar las pérdidas debidas a dicha sobreexplotación, aunque de poco han servido a efectos de regenerar las madres ya que la principal aportación a los acuíferos en las islas se debe a la llamada lluvia horizontal, producida cuando las masas de vapor de agua transportadas por el llamado mar de nubes, empujado por los vientos alisios, accede a los montes de medianías y descarga sobre la tierra por la acción condensadora de árboles y plantas, especialmente por los de las especies que componen el llamado bosque laurisilva o monteverde, que se encuentra actualmente en fase de regresión.

Hasta hace relativamente poco tiempo, el agua potable para consumo humano no agrícola procedía de dichos recursos, especialmente en las islas occidentales, pero el incremento de la población en las islas durante el siglo XX, sobre todo en Gran Canaria, obligó a la construcción de estaciones depuradoras y centrales desaladoras de agua de mar. Sin embargo, el agua procedente de la desalación, aunque potable, es de sabor desagradable para su consumo directo del chorro o grifo, por lo que en Canarias suele recurrirse al uso de agua mineral envasada. Y es aquí donde se produce un hecho curioso e insólito en otras partes del mundo: en la provincia de Las Palmas, en los años 70 y 80, buena parte del agua mineral consumida era gasificada. Esta tendencia ha ido a la baja en los últimos años, mientras que la popularidad del agua con gas se ha ido incrementando en la Península, donde hasta bien entrada la década de 2000 se veía como algo extraño el consumir este tipo de bebida.

Camioneta del Agua de Firgas y empleado cargando una caja de botellas al hombro, probablemente en la década de 1970.

EL RITUAL DEL AGUA CON GAS

El consumo de agua gasificada en el barrio de Schamann –y en los demás barrios obreros de Las Palmas de Gran Canaria– formaba parte de todo un ritual. Una vez a la semana pasaba por las calles del barrio un camión de cada una de las marcas locales de agua con gas –ver la segunda parte de este artículo–. El agua se despachaba en botellas de vidrio cerradas a presión con una chapa, en cajas de plástico de dieciocho unidades, en tres filas de a seis botellas. En la época en que aún no existían los porteros automáticos, cuando nuestras madres sentían el traqueteo del camión del agua, dejaban éstas en la puerta de la vivienda las cajas con los envases vacíos que, generalmente, llevaban más de las dieciocho botellas estándar, encajando las sobrantes entre las otras. Entonces, uno de los empleados del camión –normalmente iban dos o tres hombres, chófer incluido–, entraba al zaguán y gritaba por el hueco de la escalera, ese amplificador de audio de probada eficacia:

¡¡¡Agua de Firgas / Teror / San Roque / Agaete!!!

Y la madre interesada respondía:

¡¡¡Cristianito!!! ¡¡¡Súbame veintidós al cuarto derecha!!!

Entonces, el empleado regresaba al camión, escalaba el muro de cajas, sacaba una de ellas con los envases llenos, se la cargaba al hombro sin más amortiguación que un paño y la remangada camisa, canela o gris, del uniforme, y con paso enérgico y goterones de sudor como únicos ayudantes, allá que se echaba a subir el interminable repecho de las escaleras del vecindario. Cuando llegaba resoplando a la puerta de la vivienda, donde esperaban la caja con las botellas vacías y el ama de casa, comenzaba a intercambiar uno por uno los vidrios llenos por los huecos, mientras murmuraba el importe de la mercancía: tantas pesetas. Déjese la vuelta, solían decir, admiradas y compadecidas, nuestras madres. Entonces, vuelta a cargar la caja, ahora más ligera gracias a Dios y al peso del aire, y retorno al camión para reiniciar el ritual, prestando oídos a los requerimientos hídricos de cualquier vecina por el camino de vuelta. Nunca podrá retribuirse a aquellos hombres las infinitas escoliosis, hernias y lumbalgias que, como víctimas sacrificiales de aquel urbano ritual, se verían obligados a soportar el resto de sus días.

Y hasta el fin de los míos, seguiré escuchando en mi cabeza una frase y tres sonidos: mi propia voz de niño pidiéndole a mi madre un vaso de agua fresca de abajo es decir, de una botella aún sin abrir de la caja de agua de Firgas que siempre estaba debajo de la vieja mesa de madera en la cocina–, el chisporroteo del gas al abrir mi madre la botella y el sonido de las chapas al deslizarse sobre el rellano de la escalera mientras los niños mayores jugaban a aquel primigenio simulador de fútbol.

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