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El Papi (centro) en la sala Cuasquías (fuente: http://www.marisolayala.com).

Cuando acabé de leer la novela Catalina Park, de Orlando Hernández, no pude evitar tragarme una buena dosis de decepción, pues el Parque Santa Catalina que dibujó a pluma el escritor de Agüimes poco tiene que ver con el espacio de multiculturalidad del que fui temprano testigo en mi niñez. Y no sólo porque la descripción física de dicho espacio me pareciera insuficiente, sino por la fauna que Hernández hace habitar el mismo. El escritor le da casi todo el protagonismo no a aquellos hombres y mujeres que con su trabajo realmente hicieron del Parque un espacio de prosperidad, ilusión y variedad cromática sino a los responsables de su propia decadencia, a la auténtica primera generación ni-ni. Ni siquiera el habla canaria, cuando le toca el turno a los locales, aparece reflejada en toda su esencia sino más bien descafeinada, despojada de su carácter, aparte de unos recurrentes manos y pibes. Dicho esto, no reprocho a Hernández el pretender darle un tratamiento lo más universal posible a su relato y a un pedazo concreto del devenir de este rincón del archipiélago. Pero las historias que dieron vida al Catalina Park son muchas más que la fugaz recalada de un grupo humano que muy poco pudo aportar a su riqueza, tanto cultural como material.

Toda población humana tiene personajes que destacan por su extravagancia, por su forma de apartarse de los usos comunes de sus paisanos. En el caso del Parque Santa Catalina, el paradigma de elemento estrafalario fue Lolita Pluma, una mujer que nunca me cayó demasiado bien por sus malos modos y porque, en general, a los niños nos daba repelús. Siempre pensé que aquella pobre viejita había sido una estrella clown de algún circo olvidado que vivía sus horas bajas de la caridad ajena, aunque es de justicia reconocer que se permitía el lujo de andar por la vida como le daba la imperial gana. Pero puestos a elegir había muchos otros personajes, raritos y normales, más o menos anónimos, menos y más famosos —a gusto del consumidor– que contribuyeron una mayor cuota a la prosperidad y fama del Parque. Uno de dichos personajes, y uno de los pocos que Hernández afortunadamente incluye en su retrato novelado, fue el Papi.

El Papi tenía su base de operaciones en la hamburguesería que dirigía situada en un entresuelo de la calle Sagasta: el Bar Papi’s –de ahí que yo de pollito siempre lo conociera a él por el Papis–. Orlando Hernández describe de forma breve pero eficaz el trasiego del local, especializado en perritos calientes:

En el despacho de “perritos calientes de el Papi hay ebullición. Los bares están a punto de cerrar y sólo quedarán abiertas aún las discotecas y salas de fiesta. Él tiene su “puesto” junto a una de las discotecas de más afluencia. En esa misma calle hay varias y el trasiego de gente es constante. El Papi, con sus barbas patriarcales, no para.

— Un “perrito caliente” con todo –quieren decir con cebolla, tomate y mostaza– piden.

— Dos hamburguesas.

— Tres cervezas…

— Dos cubalibres…

No para. Sudoroso va de la plancha de los “perritos”, a las botellas y de las botellas a la barra, en incesante cambalache. De las paredes cuelgan multitud de relojes parados, como si el tiempo no le importara, que el único reloj lo lleva dentro de sí. Su misma figura podría encontrarse entre los israelitas que cruzaron el mar Rojo, camino de la tierra prometida, o en una jaima árabe en pleno desierto. O aquí, simplemente aquí, metido entre la bullanga de la música incesante, el hervor de la cerveza y el festín inacabable de los “perritos”. Y después, a soñar. A perderse y encontrarse entre sus barbas y su motocicleta, pedaleando de la playa a Ripoche y de Ripoche a La Isleta. Amigo y hermano de todos, porque pese a su nombre, el Papi no tiene hijos y es, además, soltero. Y no cambia. Así era con cuatro perras y así continúa siendo después de que la fortuna le favoreció con dos millones de lotería, que algo es algo. Pero él no cambia su filosofía por la de muchos ricachones de la tierra.

— Una hamburguesa…

— Dos “perritos”…

— Tres cubalibres…

El Papi sigue de las puertas del infierno de la “plancha” al paisaje invernal de la nevera. Tan contento.

Lo único que yo recordaba de la situación de este pintoresco bar era su alargado cartel casi al nivel del suelo patrocinado por Coca-Cola y que estaba en la acera izquierda de la calle Sagasta según se va hacia La Puntilla. Haciendo un poco de investigación, encontré este curioso fragmento de una carta escrita por una chica llamada Lorri Morgan a su madre a finales de 1972. Esta carta y otras fueron recopiladas en un libro publicado en 2003 titulado OK, So Now I Know, que narra el viaje de esta muchacha hacia el Caribe, una de cuyas escalas fue Las Palmas de Gran Canaria a la que dedica prácticamente una decena de páginas. Me arriesgo a traducir el fragmento en cuestión:

El Bar Papi’s era nuestro garito cervecero favorito. Sólo era un agujero en la pared pero las botellas de cerveza estaban siempre tan frías que casi se congelaban. Algunos de nosotros parábamos siempre allí, y allí conocía yo a chicos de todas las partes del mundo. Un par de ellos siempre estaban tristes, colgados de las drogas y peleando por sobrevivir. No era mi estilo y daba gracias a mis estrellas de la suerte por tener más sentido común. Otro motivo por el que nos gustaba el Papi’s era porque estaba puerta con puerta con el Saxos, que era un bar de copas de postín. Podíamos tomar primero varias copas baratas en el Papi’s y vigilar quién entraba en el Saxos. Entonces podíamos decidir si valía la pena pagar la entrada al bar de copas.

Tarjeta de socio del Club Saxo, que estaba situado a la vera del Bar Papi’s (fuente: http://www.miplayadelascanteras.com).

Sabiendo que el Saxo estaba al lado del Papi’s, y que el primero estaba en el número tres de la calle Sagasta, según la tarjeta anterior –inconfundible la silueta del gramófono, que recuerdo en un cartel de fondo morado o así, con el nombre de riguroso luto–, no es difícil suponer que el segundo caía en el número cinco –no en el número uno, que queda demasiado cerca de la esquina, y creo recordar que el Papi’s estaba algo más retirado de ella. Tirando de Google Maps, es fácil obtener una imagen del lugar en el año 2008:

Emplazamiento aproximado en la calle Sagasta del Club Saxo y el Bar Papi’s en 2008 (fuente: Google Maps).

Aunque no lo traté más que unas cuantas veces y ni siquiera conozco su verdadero nombre, el Papi fue el personaje urbano favorito de mi niñez. Sus barbas y greñas blancas a lo Karl Marx y su afabilidad cien por cien canaria hacían de él un hombre carismático y querido.

El Papi fue también uno de aquellos hombres y mujeres que conocieron en carne propia la mordedura del hambre: contaba mi abuela Susana, que conocía al Papi desde que era niño, que antaño las donaciones de sangre se recompensaban con algo de dinero y que el Papi iba día sí y día también a vender la suya, hasta que las autoridades médicas tuvieron que prohibirle por su salud que siguiese donando hasta no haber dejado pasar unos cuantos días.

El Papi fue también hombre de frases lapidarias. Mi padre, por ejemplo, cuando se enteraba de alguno de esos crónicos casos de corrupción política que desde siempre ocurren en este chiringuito, invariablemente solía decir con socarrona sonrisa de por medio:

Como decía el Papi: “este país es una coña”.

Uno de los últimos recuerdos que tengo de este patriarca, tanto de cabello como de nombre, contradice aparentemente lo afirmado por Orlando Hernández anteriormente acerca de que el Papi no tenía descendencia. Como solía hacer de cuando en cuando, el Papi apareció un día de principios de los ochenta por la tabaquería a saludar a mi padre, pero en esa ocasión venía a presentarle a alguien por quien era evidente que se le caía la baba: una preciosa niña rubita de un año aproximadamente que llevaba en brazos, de quien dijo rebosante de orgullo que se trataba de su nietita Yaiza –puede que dijese que era su hija, pero mi memoria no alcanza tanta resolución en este caso–. Fuese cierta o no tal declaración de parentesco, espero que aquella niña aún recuerde con todo el cariño del mundo a aquel Jetró isleño que formó parte de la inimitable familia del Parque Santa Catalina.

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