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Las montañas de La Isleta, con el Faro al centro, presiden la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y el Puerto de La Luz (foto post-1972; autor: Julián Hernández Gil; fuente: FEDAC).

 Me da bastante coraje que la prensa actual, la burocracia y el politiqueo de turno se empeñen en lastrar el sonoro y luminoso nombre del Puerto de La Luz con la coletilla y de Las Palmas —con o sin el “de Gran Canaria”–, arruinando la hermosa cadencia del mismo con estúpidos tintes insularistas. Para los que venimos de los años 70 y para los más viejos del lugar,  sólo había un Puerto: el Puerto de La Luz. Si uno quería abreviar y despachar cuanto antes la frase, decía un me voy pal Puerto. O si se quería ser más preciso: me voy al Refugio, al Muelle Grande, al Muelle Santa Catalina, al Dique, a La Isleta, al Mercado del Puerto, a la Plaza de los Patos –Manuel Becerra–… porque el Puerto era y sigue siendo mucho más que un simple recinto de límites bien definidos donde atracar barcos: es toda una familia de barrios y de modos de vida inmersos en un aparte del resto de vecindarios de mi ciudad natal. Aunque el origen del nombre sea otro, para mí la Luz que daba nombre al Puerto siempre ha sido y será la del Faro de La Isleta y la de la ciudad en la noche.

Ejemplar de un antiguo atlas Aguilar como aquél con el que comencé a viajar por todo el mundo.

Los niños siempre sueñan con vivir aventuras más allá del entorno en el que hacen su vida rutinaria, y éste que les escribe no era una excepción. Para este niño, el Puerto era ese lugar mítico donde todo era posible, una frontera que empezaba a las puertas de la tabaquería donde trabajaba mi padre, siendo uno de sus límites el Parque Santa Catalina y, más allá, las aguas del muelle y aquellas maravillosas naves que prometían llevarme a los misteriosos lugares que aparecían en aquel viejo atlas Aguilar de mis hermanas: dejaba caer mi dedo aleatoriamente sobre el índice geográfico, leía un nombre, la página y las coordenadas de la cuadrícula donde estaba, y allá que me ponía a viajar como un nómada del papel, rumbo hacia aquel legendario mar, ciudad, monte o tribu de nombre extraño: el cabo Bojador, la península de Kamchatka, Bucarest, Budapest, los bosquimanos del Kalahari… Y así pronto me aprendí de memoria los nombres, colores y formas de docenas de países y banderas. Sin embargo, inesperadamente, fue en los periódicos donde encontré un nuevo tesoro hecho a medida para mi imaginación.

Si uno echa un vistazo a la prensa isleña actual, es sorprendente, por no decir lamentable, que haya tan poca información sobre el tráfico portuario, siendo los puertos canarios una de las arterias principales de la economía del archipiélago. Sin embargo, en los años 70, todos los días y en todos los periódicos locales había una página como éstas:

¿Qué? ¿Cómo se les queda el cuerpo? Por cierto, no es casualidad que en ambos ejemplares aparezca el supertanque Nordic Commander. Resulta que, al descubrir este mundo de posibilidades, le pedí a mi padre que me comprara un bloc Miquelrius –para mí, y por aquel entonces, era un Miquebrius porque, la verdad, no entendía la caligrafía del logotipo a pesar de que quien les escribe es un hijo de los cuadernos Rubio— para llevar un resumen diario de las entradas y salidas de buques al y del Puerto. El caso es que gracias a este pasatiempo infantil, bastante friki por cierto, tuve conocimiento de los fascinantes nombres que podía llegar a tener un barco y, sin duda, el Nordic Commander –Comandante Nórdico– era un ejemplo de contundencia y exotismo hecho a medida de mi imaginación.

La verdad es que por aquellos años me quedó la magua de no haber podido contemplar la que sin duda debía haber sido una mole imponente de buque, a pesar de que mi padre me llevaba de cuando en cuando a pasear por el Muelle Grande o el Santa Catalina, o incluso desde el cachito del Puerto que podía vislumbrarse desde casa de mi hermana mayor, allá en la Urbanización Copherfam. Así que, mientras el supertanque estuvo atracado en el Puerto, pero fuera de mi vista infantil, me armé con un walkie-talkie casi de juguete que tenía en casa y por el que solía tratar de contactar infructuosamente con los radioaficionados que pululaban por el éter –emulando a Rafa, del bazar Acapulco, que era mi héroe de las ondas y la tecnología, y al que le daba el coñazo tarde sí y tarde también cada vez que este pibito recalaba por el Catalina Park— y, a las puertas de la tabaquería, me ponía a lanzar un aquí estación no-sé-qué para el Nordic Commander, ¿me reciben?, seguido de un silencio chisporroteante de estática y de alguna lejana e ininteligible voz de radioaficionado, sin duda, pero que yo atribuía fantasiosamente al lejano puente de mando del desconocido petrolero. Fue hace unas semanas, recordando aquellos momentos, cuando me decidí a buscar en Internet alguna foto del mítico supertanque y que les dejo por aquí.

El supertanque Nordic Commander, uno de los míticos buques de mi niñez (fuente: http://www.photoship.co.uk).

El supertanque Nordic Clansman, gemelo del Nordic Commander, atracado en el Puerto de La Luz en los años 70 (fuente: Memoria Digital de Canarias).

Mi padre, como siempre, receptivo a mis extrañas aficiones, aprovechaba alguna visita que hacía a las consignatarias para entregar o recibir partidas de tabaco, ya fuera a Sovhispan, a Naviera Armas –al parecer, conocía personalmente a don Antonio Armas Curbelo– o a la Casa Miller, y hacerse con algunas postales de barcos para mí. Siempre que era posible, como dije antes, me llevaba a pasear con él a los muelles para que yo pudiera sacarle fotos a algunos barcos con mi Agfamatic Pocket –una cámara de bolsillo muy guay que estuvo de moda por aquella época–. Hoy en día, no estoy seguro de que en nuestro extenso archivo familiar se conserve alguna de aquellas fotos, y pocas veces tengo oportunidad de echarle un vistazo por aquello de la distancia. Por ahora, me despido mostrándoles un par de buques emblemáticos que solían recalar por La Luz.

Postal del crucero Black Watch de Fred. Olsen que cubría la ruta Inglaterra – Canarias con turistas a la ida y fruta a la vuelta (fuente: http://www.simplonpc.co.uk).

El Black Prince, gemelo del anterior (fuente: http://www.simplonpc.co.uk)..

Postal del ferry Villa de Agaete, de Trasmediterránea, que operaba entre Gran Canaria y Tenerife, y al que yo llamaba el barco de los refugiados por la cantidad de pasajeros que acababan tirados por los pasillos entre vomitonas gracias a esa memorable vuelta a La Isleta (fuente: http://www.simplonpc.co.uk).

Canberra

El trasatlántico Canberra en el por aquel entonces llamado Dique del Generalísimo, un parroquiano habitual del Puerto de La Luz en los años 70 y 80 que llegó a participar como transporte de tropas en la Guerra de las Malvinas (autor: Julián Hernández Gil; fuente: FEDAC).

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