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El Edificio España --Muro de la Vergüenza para los amigos-- tras la plaza Don Benito en el año 2008 (autor: Antonio Guillén).

El Edificio España –Muro de la Vergüenza para los amigos– tras la plaza Don Benito en el año 2008 (autor: Antonio Guillén).

De pequeños lo llamábamos por su nombre oficial, Edificio España, y era el símbolo de todo lo más grande, moderno y suntuoso que podía parir el barrio. Pero los mayores –nuestros padres y los galletones en edad de empezar a conocer mundo– le decían el Muro de la Vergüenza y admito que durante un tiempo pensé que se trataba de dos lugares que nada tenían en común, el último situado en alguna terra incognita que yo no lograba localizar en ninguno de los atlas y mapas que tanto me gustaba ojear.

Tiempo después aprendí a identificar las enormes y racionalistas moles del edificio bajo cuyas arcadas desembocaban casi por obligación nuestras calles, con ese misterioso Muro que mis padres, y ahora mis amigos de la calle, se emperraban en nombrar de pasada cada vez que alguien pretendía recalar por los alrededores de la plaza Don Benito.

La calle Pablo Penáguilas (circa 1970), una de las "obligadas" a pasar por debajo del Muro de la Vergüenza (fuente: FEDAC)

La calle Pablo Penáguilas (circa 1970), una de las “obligadas” a pasar por debajo del Muro de la Vergüenza (fuente: FEDAC)

La respuesta, como la de casi todas las preguntas que me he hecho en la vida, la encontré en un libro, no recuerdo si se trataba de uno de Sociales, de los que cargaba a la espalda todos los días para ir al cole, o en algún ejemplar de cuando mis hermanas estudiaban. En una página de aquel libro se hablaba de los edificios pantalla.

Hoy en día el término tiene una connotación mucho más propia, tecnológica, audiovisual. Pero en aquella época, y en aquellas páginas, la definición era otra: un edificio de grandes dimensiones y de aspecto moderno cuya función, aparte de proporcionar alojamiento, es ocultar en lo posible la existencia de otros elementos arquitectónicos de peor calidad que afearían el paisaje.

Así, de sopetón,  fue como tomé conciencia de aquello que nuestros padres tenían claro: en aquel guateque urbanístico de finales del siglo XX los habitantes del Grupo Martín Freire de la Ciudad Alta éramos los feos. Éramos feos y las avergonzadas autoridades no iban a permitir que los habitantes de la Ciudad Baja ni los turistas que recalaban al Puerto de La Luz fuesen testigos disgustados de nuestra belleza distraida, aunque eso le costase a nuestros padres y luego a nosotros el no poder gozar más de la visión del mar desde nuestras humildemente obreras ventanas.

La "vergüenza" que quisieron tapar con el Muro vista desde éste (fuente: Adolfo Marrero Sosa, FEDAC)

La “vergüenza” que quisieron tapar con el Muro vista desde éste (fuente: Adolfo Marrero Sosa, FEDAC)

Aún recuerdo a Pepa Flores en la radio, con su voz serena y recia, libre al fin de la niña Marisol, entonar ese magnífico poema de Rafael Alberti:

Háblame del mar, marinero

Cuéntame qué sientes allí junto a él

Desde mi ventana no puedo yo verlo

Desde mi ventana el mar no se ve

Mientras tanto, yo asomaba mi cabecita por la ventana hacia la banda de Doña Perfecta, consolado de poder ver siquiera un cachito de agua entre el Muro, la casa de la O.J.E. y Muebles Azorín, única de las calles del Grupo junto con Sor Simona desde la que puede contemplarse de refilón la Mar Océana sin que nuestro particular edificio pantalla pueda impedirlo.

Años más tarde, en plena adolescencia, cuando los más empollones nos subíamos a las azoteas armados con prismáticos, impelidos por la influyente serie documental Cosmos, del mítico Carl Sagan, a observar el cielo estrellado, las hormonas principiaron a cobrarse su pequeña venganza contra el Muro tras descubrir, en una de las aburridas esperas a que la nube de turno pasara de largo, que era éste el que tenía vergüenzas que esconder y no nosotros.

La verdad es que entre tanta ventana junta, siempre había alguna vecinita pija a la que se le olvidaba correr la cortina… 😀

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