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El pasado día 25 se cumplieron veinte años del fallecimiento del gran artista lanzaroteño don César Manrique Cabrera –pocas personas son realmente merecedoras del título de “don” y el insigne conejero fue una de ellas–. No dedicaré el presente artículo a elogiar la abundante y magnífica obra de este hombre pues ya otros lo han hecho en innumerables ocasiones y mucho mejor de lo que éste que les escribe podría lograr. Lo haré, sin embargo, desde la perspectiva del pequeño anecdotario familiar que esta bitácora pretende ofrecer.

Hace unos años mi mujer y yo nos fuimos de vacaciones a Lanzarote para conocer la isla y disfrutar de la obra de Manrique, lo que incluyó la obligada visita al Taro, la soberbia residencia del artista en Tahíche, construida aprovechando un conjunto de burbujas volcánicas, y que éste donó para la sede y el museo de la Fundación que lleva su nombre, cuando ya los años comenzaban a pesarle más de la cuenta y decidió retirarse a su caserón, más sencillo y práctico pero igualmente hermoso, de Haría. Mientras deambulábamos por las magníficas estancias de la casa-cueva-museo, y junto a los demás visitantes nos quedábamos admirados del diseño de la mansión y de las obras expuestas en ella, no pude menos que sonreirme ante el recuerdo de que mi hermana mayor y mi cuñado tuvieron la fortuna de pasar unos días en ella, con César de anfitrión.

Corrían mediados de los 70 cuando se casaron mi hermana mayor y mi cuñado, coincidiendo con el día de mi cumpleaños, y tras el convite de rigor en el restaurante La Tropical –un local muy popular por aquellos años entre las familias de Las Palmas, pegado a la cervecera insignia de Gran Canaria– partieron de viaje de novios a Lanzarote en compañía de otro flamante matrimonio de amigos. Daba la casualidad de que éstos conocían personalmente a César Manrique, por lo que decidieron los cuatro visitar al lanzaroteño en el Taro de Tahíche. No pernoctaban en él, pero Manrique les dio permiso para pasar las mañanas y las tardes disfrutando como quisieran de las estancias de su casa-cueva mientras él trabajaba en lo suyo, con las únicas y razonables excepciones de su dormitorio y su estudio-taller donde se encerraba la mayor parte del tiempo, dejando hacer a sus invitados.

Así que los cuatro novios pasaron unas jornadas inolvidables en el nido de ensueño de Manrique, disfrutando especialmente de la pequeña piscina, modelada a imagen y semejanza de la de los Jameos del Agua, mientras veían a éste ir de paso de un lado a otro, enfrascado en su mundo de artista. En medio de una de éstas idas y venidas, mi hermana –que siendo blanca de piel, se ponía como un conguito a la mínima dosis de ultravioletas– salió de la piscina escurriéndose los cabellos, cuello hacia atrás, luciendo sus ojazos color miel y Manrique, según ella, con esa gracia que tienen los mariquitas (sic), le soltó un pareces una diosa saliendo de las aguas.

Mientras recorrían la Isla, que es casi como decir mientras recorrían la obra de Manrique, las dos parejitas fueron testigos de los desvelos del conejero por cuidar el medio ambiente, tanto el humano como el natural. Baste como ejemplo que a los cuatro les llamó la atención que a la puerta de una vieja casa había colgado un cacharro de latón, puede que una regadera, no recuerdo bien el detalle que me contó mi hermana, cuando por esa época ya empezaban a ponerse de moda los sustitutos de plástico. Preguntado el dueño sobre el por qué de no adaptarse a los nuevos tiempos, dijo el mago llevándose las manos a la cabeza: ¿Están locos? Si se entera don César, nos mata.

Para acabar, una última anécdota sobre la campechanería del lanzaroteño.

Finalizada la estancia de las parejas en el Taro de Tahíche, y como muestra de gratitud hacia Manrique, los cuatro novios decidieron convidarle a comer en un restaurante local. César aceptó gustoso, acordando la hora y el lugar donde se encontrarían los cinco. Llegaron las dos parejas al restaurante antes que Manrique y entonces se plantearon el dilema: ¿qué es lo que pediría para comer un hombre de la talla de César, quien se había codeado con otros grandes de las bellas artes como Andy Warhol o Antoni Tàpies? No podía ser cualquier cosa, desde luego. Tras mucho repensarlo, decidieron pedir de enyesque –bueno, de aperitivo— algo exótico y lujoso por esa época: unos tacos de melón con jamón serrano. Pero en ese momento irrumpió César, don César Manrique, en el comedor frotándose las manos y, dirigiéndose a la mesa donde estaban los atribulados tortolitos, exclamó un a ver, a ver, ¿dónde está ese potajito de berros?

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