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Año 1971: mi hermana Carmen y mi cuñado Carlos en la Playa de Maspalomas demostrando estar a la última en tecnología gracias a un tomavistas Kodak Super-8.

Casi todos los veranos, desde hace unos pocos, recuerdo siempre la misma escena. Mis padres y yo, casi llegado a la decena de añitos, arribamos en Salcai al pie del faro de Maspalomas, cargados con nuestros arretrancos de playa, dispuestos a pasar el día a la vista de las dunas. Pocos minutos después del desembarco andamos junto al borde que flanquea la Charca rumbo a las arenas de la marea, yo un pisco adelantado como es tradición en los chiquillos.

De repente, me doy cuenta de que ando solo. Miro atrás y veo que mi padre sermonea soliviantado a un par de chicos que rondan la mayoría de edad, sentados en el bordillo. En medio de su cabreo sólo llego a oirle decir algo así como ustedes también tendrán que llegar a mi edad mientras los pibes callan algo incómodos pero sin dejar de lado media sonrisa también a medio disimular.

Pregunto a mi madre antes de que el hombre nos alcance y ella me dice que al pasar al lado de los dos galletones oyeron decir a uno de ellos: mira el viejo ese llevando playerasplayeras, es decir, tenis o zapatillas deportivas, que a finales de los 70 empezaban a popularizarse a través de las marcas Paredes y Adidas, como un calzado cómodo, informal y juvenil, aunque él se las ponía más bien para no sufrir tanto sus problemas de circulación. Dicho sea de paso, Paredes aprovechó el tirón del cantante Leif Garrett, el Justin Bieber de los 70 (la mercadotecnia discográfica no ha cambiado tanto, como muchos parecen olvidar), para promocionar su lema: Súbete por las Paredes–. Así que mi padre, que de joven siempre fue algo presumido con cierto aire de Errol Flynn, y de mayor hacía lo posible por cuidar su imagen sin caer en lo ridículo, no pudo por menos que sentirse agraviado por la alusión a sus canas.

Como digo, recuerdo la escena casi sin poder evitar la sonrisa al pensar que aquellos galletones deben estar ya orbitando la cincuentena que mi padre lucía plena e irremediablemente en aquella ocasión. Y no dejo de preguntarme si alguno de ellos, blandiendo tripa cervecera y vida atascada en la rutina, o vistiendo vaqueros derrengados, calvicie rapada y haciendo tronar a los Status Quo, asediados sin cuartel por Rihanna y Lady Gaga desde sendos Volkswagen Polo, escuchará aún, lejanas pero inquietantemente resonantes, las palabras que les dedicó aquel viejo que llevaba playeras.

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