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Gracias a su antigua condición de puerto franco y a la continua recalada de gentes de otros países, Canarias se distinguió siempre del resto del territorio español por poseer una gran variedad de marcas comerciales, franquicias en su mayoría, desconocidas en suelo peninsular, amén de otros productos de importación como, por ejemplo, discos de música producida por autores que apenas se dejaban oir por allá.

En esta ocasión voy a tratar de recordar algunas de las marcas y productos de alimentación lácteos en boga por este archipiélago en las décadas de los 70 y los 80.

Por su condición de pequeño territorio insular, escaso en pastos, en Canarias se ha dado muy mal la cría del ganado vacuno, lo que ha dado como resultado la escasez de productos derivados de las vacas, obligando a importar buena parte de las necesidades de consumo, especialmente tras el incremento demográfico que trajo el siglo XX. Por ello, sorprende mucho a los peninsulares que exista una variedad tan grande de lácteos en las Islas, a pesar de la reducida producción local.

Por los años 70, lejos quedaba la época en que mi padre, junto con otros chiquillos, iba a la vaquería del barrio, escudilla con puño de gofio en mano, a sentarse en el suelo con la espalda contra el costado de una vaca echada, mientras el lechero repartía el blanco manjar tibio y recién sacado de las ubres. A veces, con los pollitos más despistados que una cuca, el lechero agarraba la teta del manso animal y chingaba de leche a los chiquillos mientras se jincaban la merienda del día.

1) LECHE Y PREPARADOS LÁCTEOS LÍQUIDOS

1.1) SANDRA

El Cabildo de Gran Canaria fue propietario de la empresa pública SIALSA (Servicio Insular de Abastecimiento de Leche, S.A.) hasta 2005, en que su presidente por aquel entonces, José Manuel Soria López, la vendió al grupo Kalise-Menorquina. SIALSA tenía su principal producto en la leche COAGRO, posteriormente rebautizada como leche Sandra. La leche COAGRO se convirtió en el sustituto de su equivalente humano, cuando las mujeres paridas no daban suficiente y ya no se estilaba el apartar una cabra para pegar el chiquillo a la ubre, ni se tenían suficientes perritas como para costearse en la farmacia una de las caras y escasas marcas de leche maternizada. Si no me equivoco, mis hermanas y yo fuimos amamantados a base de biberones de esta leche.

En los años 70, antes de la aparición del Tetra Brik por estas ínsulas, la leche Sandra venía en dos formatos: esterilizada en botella de vidrio transparente de un litro y pasterizada –llamada informalmente leche fresca— en bolsa de plástico de obligada refrigeración y de igual capacidad que la botella, que uno no tenía más remedio que meter en un recipiente para poder abrirla sin provocar una inundación láctea. Mi favorita era la versión embotellada que, a diferencia de otras similares del resto del mundo, no tenía un cuello ancho, sino uno estrecho cerrado con una chapa metálica similar a la de los refrescos y cervezas. La única seña de identidad de la botella era el logotipo de Sandra, con tipografía serif, una vaca sonriente sobre la isla de Gran Canaria, de color azul casi morado, aunque a veces el tono era azul claro, lo que me daba a pensar que se trataba de dos calidades distintas de leche, y que una de ellas sabía mejor que la otra, aunque probablemente la diferencia cromática se debíera tan sólo al proceso de lavado de las botellas –pues sí, a pesar de que ya casi hemos olvidado estas cosas, los envases de vidrio se reciclaban de verdad, no en el contenedor, sino devolviéndolos a la tienda, una vez lavaditos en el fregadero de casa–. Mi postre favorito del verano era una tajada de melón maridada con un buen vaso de leche Sandra. De la botella de color azul casi morado, a ser posible.

La publicidad de la leche esterilizada Sandra prometía una conservación indefinida de la misma mientras no se abriera la botella, promesa que, en condiciones de solajero veraniego, no se cumplía casi nunca.

El reparto de la leche Sandra no sólo se hacía de mayorista a minorista sino también directamente a la puerta de los consumidores, así que la estampa del camión de Sandra llevando su preciado líquido a las viviendas de Schamann era un ritual integrado en el día a día del barrio, junto con el reparto de las distintas marcas de agua mineral, un rito insólito en otras partes y que trataré próximamente.

Con la popularización del envase de cartón y aluminio Tetra Brik en España, próxima a los años 80, se incorporaron los procesos de uperización de la leche, que garantizaba una mayor duración del producto a temperatura ambiente, aunque a costa de una reducción en la autenticidad del sabor. La primera leche uperizada que se comercializó en las Islas, que yo recuerde, fue la leche Pascual –riquísima por cierto, aunque por esa época me parecía que el sabor de cualquier leche líquida era peor, más aguado, que el de la leche en polvo–, cuya presentación apenas ha variado de aspecto con los años.

Sandra pronto se sumó a la moda de la leche uperizada en Tetra Brik, pero la calidad del producto se bifurcó en dos variedades que la mayoría de los consumidores no se molestaban en distinguir, salvo algunos sibaritas de los lácteos como éste que les escribe. La clave estaba en la letra pequeña del envase: por un lado, estaban los cartones en cuyo lateral había un párrafo que empezaba con la frase Recogida de las ganaderías isleñas… Esta leche, supuestamente procedente de vacas criadas en Gran Canaria, tenía un buen sabor aunque inferior en calidad al de la leche pasterizada. Sin embargo, los cartones en los que aparecía la frase Recogida de las ganaderías a secas, sin mencionar procedencia, contenía leche importada a granel de la República Federal de Alemania o de Francia, de un repelente sabor aguado tirando a ácido, que aún puede degustarse en varias marcas baratas. Otra pista para distinguir entre las dos clases de producto era que en los cartones de leche procedente de Guirilandia solía aparecer la expresión germana Vollmilch (leche entera).

1.2) MILLAC

Puesto que la marca Millac fue introducida en las Islas como preparado lácteo deshidratado, hablaré más extensamente sobre este tipo de productos en el siguiente apartado. Aquí sólo quiero destacar que fue de los  primeros productos lácteos canarios en ser ofrecido –rehidratado– en Tetra Brik. En YouTube tenemos fe de ello gracias al rescate de la publicidad televisiva original, con aquel pegadizo y pegajoso abrir y tomar:

2) LECHE Y PREPARADOS LÁCTEOS DESHIDRATADOS

Es habitual que la alimentación insular sea más cara que la continental, así que la leche fresca, embotellada o embolsada, era un alimento casi de lujo. Por tanto, las familias optaban generalmente por la leche en polvo –es decir, leche deshidratada–, en cartuchos de aluminio, más barata, más rentable, de fecha de caducidad más remota, y que aún hoy se sigue viendo en los supermercados más como un artículo de expedición a la Antártida o de comedor de Cáritas, que como lo que era por aquel entonces: un artículo imprescindible en la cesta de la compra de las casas humildes, especialmente las de las ciudades más grandes, ya que en el campo se seguía consumiendo mayoritariamente la leche fresca recién ordeñada de vaca o de cabra.

En mi casa, la leche en polvo era una golosina que se podía comer a palo seco –un par de cucharadas te dejan el paladar como encalado con mortero– o preparando lo que llamábamos huevo mole: una o dos yemas crudas batidas a cucharilla, con azúcar, en una taza pequeña y mixturadas con una o dos cucharadas de leche en polvo o gofio. Un manjar infantil en desuso y que poco tenía que ver con la versión elaborada, de origen portugués,  que suele servirse en los restaurantes.

2.1) LITA

La de uso más extendido, Lita es una franquicia que se dedicó también a la producción de mantequilla y queso de bola. El inconfundible cartucho de aluminio con su color natural, las letras rojas y el logotipo de la enfermera sonriente–para mi gusto era una enfermera, aunque bien podría ser una chica holandesa en su traje típico– enmarcada por un rombo azul.

Uno de los recuerdos más antiguos que aún pululan por mi cabeza es el de mi madre en la cocina, disolviendo pacientemente con una cuchara de palo, para la cena, una dosis de leche Lita en un caldero al fuego con agua.

También recuerdo en parte el anuncio televisivo que mostraba una escena bucólica, visual y musicalmente, de un prado supuestamente verde –estamos en la era del blanco y negro– con vacas holandesas y un vaquero de cintura para abajo volcando el blanco y espumoso contenido de un balde de ordeño en una lechera, para luego dar paso a un niño de perfil bebiéndose de un tanganazo casi sin resuello un vaso largo de leche con el paquete de Lita a su lado. El eslogan, inocente y contundente como mandaba la época, era algo así como manantial de energía y salud o algo por el estilo.

Comernos a cucharadas una medida de leche Lita en polvo mezclada con azúcar, a palo seco, sin agua, hasta dejarnos lengua y paladar empegostados a más no poder, fue una de las clásicas meriendas infantiles de la época.

2.2) MILLAC

La fructífera empresa grancanaria José Sánchez Peñate, S.A., más conocida como JSP, es la introductora en el archipiélago de un producto curioso y muy popular por aquí y que, extrañamente, no ha tenido tanto éxito en la Península, ni siquiera ahora que está en boga toda esta cháchara sobre la dieta mediterránea. Se trata de la tradicionalmente llamada leche Millac –en polvo–, aunque en rigor es un preparado lácteo a base de leche desnatada a la que se le ha sustituido la grasa animal por aceite de girasol y oliva. Originalmente se trataba de un producto de la empresa irlandesa L.E. Pritchitt & Co., actualmente llamada Pritchitts, que sigue comercializando el preparado. Millac es también una marca paquistaní de leche entera en polvo de la que en mi casa hubo alguna vez una lata.

El sabor de la leche Millac es característicamente suave y dulzón, y puede llegar a empalagar si se abusa de ella, pero es ideal para tomarla a cucharada limpia, y así lo hacíamos cuando éramos enanos.

La presentación en cartucho de la leche Millac apenas ha variado desde los años 80: un fondo azul con el nombre en letras rojas y desalineadas sobre una pareja de niños sonrientes  –chico y chica– ante un vaso del producto. A su vez, el aspecto ochentero tampoco difiere mucho del setentero, siendo lo más destacado que la pareja de niños no era una foto real, sino una especie de caricatura-grabado en rojo sobre fondo blanco, y que los infantes, por mal que suene, eran dos varones que tiraban de sendas pajillas sobre el vaso. El vídeo anterior del abrir y tomar muestra esta forma primitiva del envase.

A la leche Millac le salieron un par de spin-offs llamados Lilac y Mailac, o algo así, supongo que la diferencia fundamental estribaría en el tipo de grasa vegetal empleada. Una leyenda urbana muy arraigada en Canarias –o puede que no sea una leyenda después de todo– es que otros preparados lácteos de JSP como la leche Anita o la leche Tavox, no son otra cosa que la propia leche Millac bajo otros nombres y presentaciones para su mejor comercialización.

Para acabar, un recuerdo para una marca francesa de leche en polvo de régimen –es decir, desnatada– que también recaló en Canarias: Régilait..

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