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Como anuncia mi amigo Juan a todo el que no conoce mis costumbres, galletas y bizcochos, en múltiplos de cuatro. Aunque cae alguna de cuando en cuando, paso de las pastillas de goma, el regaliz, los chupachules y demás golosinas de bolsillo: después de una buena galleta o un dulce bizcocho  lengüilla, que diría mi madre– que me quiten lo bailao.

Como galletero de toda la vida, al que no se le arrima ni Triqui el de Barrio Sésamo, conozco bastantes marcas de estos populares dulces de hornada, entre los que destaca por su sencillez y versatilidad el tipo llamado galleta María –denominado así en honor a una gran duquesa rusa–. Y en los años 70, de las galletas María, la reina en Gran Canaria era la marca Tamarán.

La Popular Tamarán, como rezaba cada galleta por efecto del molde, era, en mi opinión, el paradigma de la galleta María, crujiente y a la vez ricamente avainillada, bastante superior a sus competidoras locales y foráneas. Solas, con café con leche, de dos en dos con mantequilla o Nocilla, las Tamarán fueron el desayuno, la merienda y hasta la cena de toda una generación de chiquillos. Los galletones Tamarán, de sabor alimonado, eran otro de los productos estrella de la empresa de Luis Correa Medina, aunque de éstos sí podía decirse que chupaban hasta la sangre. Para mi gusto infantil, sólo había un producto capaz de competir con las Tamarán, y ése era la galleta María Duquesa, de Artiach, con un delicado regusto a mantequilla, que se vendía en cilindros de papel de aluminio, de color azul celeste –no he podido encontrar ninguna foto de esos envases de los 70–. Años más tarde, mis galletas favoritas pasarían a ser las Chiquilín de Artiach, de las que aún hoy soy fiel consumidor, y a punto estaría de pedir a los vascos que me hicieran presidente de honor, de no ser porque han caído en manos de una multinacional. Otras marcas famosas de galletas, inglesas éstas, eran las McVitie’s y las Crawford’s –por cierto, pobre remedo las Digestive de Fontaneda comparadas con las originales de McVitie’s, anunciadas éstas en la TV de los setenta como hechas con dorado trigo inglés–.

La competencia local eran las galletas Bandama, del barrio de Montaña Cardones (Arucas), empresa que afortunadamente hoy sigue en pie y libre de multinacionales, aunque a mi juicio su galleta María, con ser la más auténtica del mercado actual, nunca ha igualado el sabor de las Tamarán. De sus productos, en cambio, sí que me gustaban las Cleo Coco, los Bollos anisados y, por supuesto, su Tostada con o sin relleno. Por otro lado, Bandama fabrica una de las galletas que desde siempre han gozado de gran éxito entre los chinijos: sus famosos Cubanitos.

Algo que mucha gente no recuerda son los bizcochos Tamarán, que por algo la fábrica se describía como de galletas y bizcochos. Eran del tipo lengüilla, similar a los de Artiach o Cuétara –aunque de mayor tamaño como los primeros– y venían envueltos por parejas en una especie de servilleta o papel parafinado de color blanco estampado en azul, con la leyenda Especiales para tomar con leche. Tenían muy buen sabor pero no debieron sobrevivir a mis primeros años de vida, pues desaparecieron del mercado por esa época aunque, para ser francos, yo sólo los ví y probé en casa de mi cuñado Ismael porque su padre trabajaba en la empresa galletera. Posteriormente, pasaron a ser mis favoritos los bizcochos  Artiach en su caja roja con letras blancas.

De Tamarán, la emblemática caja cúbica de cartón azul, blanco y amarillo, era casi un mueble más en la mayoría de los hogares isleños,  con las galletas apiladas dentro de una bolsa de plástico transparente. Como anécdota que ilustra lo común de la cajita diré que, durante las fiestas de Schamann (las de Nuestra Señora de los Dolores), a mi vecino Mingo, como ganador de una carrera de sacos, le tocó de premio una gran caja envuelta en papel de regalo. La sonrisa le desapareció de remplón al desenvolver lo que no era otra cosa que una caja de galletas Tamarán y, resignado y con cara de velorio, el chiquillo levantó “victorioso” su premio, hasta que la voz del organizador le dijo que abriera el envase: una sonrisa de oreja a oreja y principió a sacudir sobre la cabeza, frenético y aliviado, el flamante balón de fútbol.

Pomposamente anunciada como Gran Fábrica de Galletas y Bizcochos, la empresa de Luis Correa Medina –que también se dedicaba a la producción de tabacos–, tenía su sede y factoría frente al antiguo Estadio Insular, en el barrio de Las Alcaravaneras, edificio que aún conserva su estructura incluyendo la característica torre. Posteriormente, la fábrica de galletas pasó a la gran nave industrial sita más cerca de San José del Álamo, en el municipio de Teror, que del barrio de El Toscón, y que hoy está en ruinas.

De este último edificio conservo un recuerdo especial ya que el padre de mi cuñado Ismael trabajaba de vigilante en ella por los alrededores de 1983 –en la tele ponían D’Artacán y los tres mosqueperros, sonaba el Me estoy volviendo loco, del dúo Azul y Negro en la Vuelta Ciclista, Dionne Warwick rompía las listas con Heartbreaker y la melancólica y excelente cantautora Mari Trini volvía a triunfar con Una estrella en mi jardín–. Así que algunos sábados o domingos íbamos la familia a pasar el día allí, aprovechando la cocina para preparar sancochos y asaderos. Llegábamos en coche y nada más enfilar la pista que rodeaba la nave, allá que salía a recibirnos, histérico de alegría, El Rubio, irónico nombre para un perrillo mil leches de pelo rizado color azabache, que le hacía compaña al hombre, y que todos tratábamos de que no se subiera dentro de nuestros carros para que no dejara una buena meada, prueba evidente de su contento. Sujetar a un Rubio derrapando cual Ferrari en la pole position, mientras mi cuñado ganaba ventaja en una vieja Vespa, y soltarlo como un misil peludo, una agitada bola sin patas, que siempre alcanzaba su objetivo, se convirtió en un ritual más de las visitas familiares a la fábrica. Otra de las actividades eran las intensas manos de baraja y dominó que los niños más mayores jugábamos con los viejos. Intensas porque los pujíos que nos pegaba uno de los tíos de mi cuñado a la mínima jugada en falso eran apocalípticos, lo que incentivaba en grado sumo el aprendizaje del arte de jugar las fichas en pareja.

Los larguísimos pasillos de la nave acababan en los hornos donde se tostaban las galletas mientras pasaban en orden por las cintas transportadoras. El proceso de tueste debía ser continuo, sin que las cintas parasen su marcha, por lo que los hornos medían varios metros de longitud. Por todas partes era posible encontrar envases de plástico tipo tupperware, pero de mayor tamaño, repletos de galletas de todas las clases, imagino que tomadas de la cadena de producción para servir de control de calidad. Los niños de la familia jugábamos en aquellos enormes pasillos, nos jartábamos de galletas y, de cuando en cuando, meter mano en los tanques de crema de relleno se consagró como un rito que hubiera sido el horror de las autoridades sanitarias modernas.

Uno de los momentos más divertidos que recuerdo ocurrió cuando, por algún motivo que desconozco, la torre de la fábrica sufrió una fuga de agua desde la última planta, lo que nos obligó a montar un pelotón improvisado de limpieza, empujando el agua con escobillones a través de un hueco central que atravesaba las tres plantas, para que llegara a la planta baja de la nave. A mí me tocó el piso superior y, a veces, al oir mal las órdenes que mi hermana impartía desde el piso inmediatamente inferior, yo empujaba el agua antes de tiempo arrancándole un grito de cabreo para diversión del resto de presentes.

El paisaje natural que gozábamos desde la fábrica tenía un deje tristón, de formas vagamente escocesas. Las lomas y barranqueras vecinas se cubrían de un tono verdoso de invierno a primavera, cuando brotaban las tabaibas y las tuneras cobijaban a pequeñas ranitas de San Antonio –creo que esa era la especie–, y se llenaban de charquitas y barrizales. En verano todo quedaba reseco, durmiente, y los lagartos, grandes como lebranchos, campaban a sus anchas sobre el muro de piedra coronado de bloques de hormigón que daba al este. En uno de los desagües de este muro anidaba una pareja de cernícalos, y el suegro de mi hermana aprovechaba la ausencia de los adultos para coger por un ratito la pareja de polluelos, metiendo la mano por la entrada del canalón que daba al asfalto de la fábrica.

A veces yo daba rienda suelta a mi sadismo infantil, y me dedicaba a tirar piedras a los tunos recién brotados que estallaban dejando un reguero de “sangre” sobre las pencas. En otra ocasión, mi cuñado se apropió de una escopeta de balines que andaba por la fábrica y, bajando al barranco, disparó un tiro de fortuna sobre un pájaro palmero con tanta puntería involuntaria que el infortunado cayó con la garganta atravesada. El incidente le costó a mi cuñado pasar el resto del día con una angustia pegada al pecho, mientras repetía una y otra vez que no tuvo intención de darle al animalito.

Por las lomas solían pastar rebaños de cabras y, creo recordar, de ovejas y algunas vacas, propiedad de un pastor que vivía a pocos metros al sur de la fábrica, donde hoy se asienta el Área Recreativa de San José del Álamo. El pastor y el suegro de mi hermana se entendían bien, cada uno desde su versión de la soledad diaria, y el primero nos hacía demostración de cómo su perro principal, un mestizo de color ceniza con una nube morada en un ojo, entendía sus órdenes de ir a recoger el ganado sin hacerle ni un solo gesto, sólo con las palabras. Otro de sus perros, un presa canario medio ido de la azotea, se desahogaba levantando pesados teniques con las fauces.

A mediados de los ochenta, la empresa cerró y la fábrica de San José del Álamo quedó abandonada. El suegro de mi hermana regaló El Rubio al pastor vecino para enterarse un tiempo después de que el perrito acabó muerto, según el cabrero, por algún cazador despistado en busca de conejos aunque el vigilante sospechó que, en realidad, el pastor había decidido librarse de él para que no le espantase el ganado. Y así los años han ido cayendo sobre las ruinas del edificio, que no he vuelto a visitar desde aquel entonces, pero que aún sigue ahí a la espera de que alguien haga algo provechoso con él.

Quizá uno de los recuerdos más bonitos que tengo de ese lugar sea éste: un día, en el barranco, un baifo se quedó aislado del rebaño al otro lado de la acequia cercana a la fábrica. Los balidos desconsolados de la cría y la impotencia de la madre, incapaz de guiar al pequeño, hizo que mi padre bajara decidido al cauce y, poniéndose el baifo bajo el brazo, saltó la acequia y acompañó al rebaño unos cuantos metros lejos del canal hasta que creyó seguro devolver la cría a su madre quienes se alejaron al trote. No sé si fueron las hormonas que anunciaban la adolescencia, Mari Trini, los mosqueperros, el aire melancólico del lugar los fines de semana –el Carrusel Deportivo, que crepitaba a todas horas en las radios del domingo, anunciaba la vuelta al cole al día siguiente– o una combinación de todos o de algunos de los anteriores. Pero tuve la sensación de que al ver a mi padre, vestido de calle, llevar aquel baifo bajo el brazo mientras caminaba alegre por aquella ladera estaba asistiendo al final de una época, la de una generación que vivió la transición entre el vivo contacto con la tierra y la aséptica vida urbana. Una generación acostumbrada a criar cabras en las azoteas de las casas terreras para desayunar leche recién ordeñada; la que apartaba una cabra recién parida y limpia para amamantar a los bebés de madres con pechos secos; la de mi padre, quien tenía de niño una baifita que sacaba a pasear por la calle como un perrito, con su lazo encarnado para esquivar el mal de ojo.

En ese momento no me daba cuenta pero el mundo, para bien o para mal, debía cambiar.

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